Mi padre apenas viajó. Pero con 18 años hizo por obligación un viaje que le llevó a cruzar la Península Ibérica de punta a punta y que le marcaría por siempre, pues fue para ir a la guerra, de la que volvió milagrosamente, ya que le tocó participar en algunas de las peores batallas de la contienda civil española: la de Teruel y la de Levante, con un punto de inflexión en la Sierra de Espadán, en la provincia de Castellón, donde a punto estuvo de perder la vida. Como sucede siempre, cuando mi padre me contaba esas historias yo no le hacía mucho caso y ahora me arrepiento de ello. Mi padre murió pronto y sus historias quedaron en ese limbo de la memoria en el que se desvanecen las vidas de los que nos precedieron y a los que no escuchamos cuando estaban vivos.